lunes, 21 de marzo de 2011

Noches de carnaval


El Carnaval








Un mundo de colores, un mundo de sabores, una dimensión desconocida… todo el mundo unido en un mismo lugar por una misma razón. Una fiesta del pueblo, o de cualquiera que sea tu comunidad. Al entrar te olvidas de todo lo que hay fuera, de todos los recuerdos, de todas las amarguras. Ves a todo mundo riéndose con sus amigos, pero tú no necesitas a tus amigos en este momento. Quieres estar solo, sin embargo eso no significa que estés solitario. Todo pasa tan rápido y a veces te marean varias cosas; el olor a comida, las personas corriendo de un lado a otro, en fin, todo aquello que se encuentra en ese lugar donde todos desean estar. Esperan a que la reina o la princesa salga vestida con un vestido hermoso y salude a todos los que votaron por ella, porque ellos la escogieron, y éste es su día. Nadie tiene idea de lo que compran en ese lugar, de lo único que están seguros es que aquel alimento ensartado en un palito antes se movía y ahora tiene una salsa extraña, pero aún así, está exquisita. Las personas corren y otra vez el olor a comida no te deja en paz. Todos van a sus puestos, a buscar un lugar donde ver mejor. Los niños pequeños traen algodones de azúcar enormes y van riendo tomados de la mano de sus padres. Es melancólico recordar cómo eras tú a esa edad, tener miedo a perder a tus padres de vista, por lo cual nunca soltabas sus manos. Algunos niños llorando porque sus padres no quieren comprar más jabón para hacer burbujas, u otro carrito pues perdió el que le acababan de comprar, posiblemente fue abandonado en el puesto de palomitas. Todo mundo ríe. Los fuegos artificiales están por comenzar, te paras cerca de el camino y ves a los carros pasar. Primero uno lleno de flores, otro de colores, otro que parece tener sabores, está lleno de dulces gigantes y al final el carro de la reina del carnaval. Porque ahí es donde te encuentras, en el carnaval…un mundo de colores, un mundo de sabores, una dimensión desconocida, todo mundo unido en un mismo lugar por una misma razón.

- Constanza Duarte

Al calor de la noche







La música, el calor corporal, el dulce licor que corre por mis venas. Solo me dejo llevar por la estridente melodía de sonidos electrónicos acompañados de una letra que no me interesa comprender. Únicamente me interesa divertirme, alocarme; desprenderme de la razón para darle paso al animal mi interior. Eso somos todos los aquí presentes, somos unas bestias que solo les importa la atracción, el placer y el deseo… ese deseo que nos desinhibe, ese que es inmenso por el placer. Quiero gozar al bailar y moverme sin control. Dejaré mi tímido ser en casa, mis miedos, mi inseguridad y me sumaré pecados. Rozar cuerpos con el mío, sin importar nombres, educación ni sexo. No quiero más que bailar, quiero sentir esa magia y al menos por esta noche no saber de mí.

- Alan Michel Romero Diez Martínez


De máscaras a máscaras







Él dice que no le gustan las máscaras, que la gente se esconde tras ellas y que termina ocupándose más de las máscaras que de las personas mismas.

Por eso, no le gusta el carnaval.

Y yo me pregunto si su actitud no es, finalmente, otra máscara… una de esas que están tan bien hechas que hasta parecen humanas. Así que no sé si él es ese iluminado que ve al mundo en todo su descarnado valor, o simplemente el que porta la máscara del intelectual, del último profeta que lanza su dedo flamígero contra todos los demás.

- Georgina González Mendívil.

sábado, 29 de enero de 2011

De amor y otras complicaciones.


Sentimiento
de amor


¿Que el tiempo lo borra todo? Ojalá fuera cierto, seguía esperando a que el tiempo se dignara a aparecer en mi vida… aunque sea para que borrara los últimos quince meses. ¿Qué contenían esos quince meses?, fácil, contenían mis ilusiones, mi cariño, mi corazón, mi primer amor, pero sobre todo, contenían un montón de lágrimas que habían logrado escapar del oscuro vacío de mis ojos. Todo había comenzado bien, el día tan esperado había llegado y yo por supuesto había dicho que sí, después un abrazo y comenzaba una de las mas grandes aventuras de mi vida. Platicábamos a todas horas, procurábamos contarnos todo lo que nos había pasado durante el día y nos dábamos las buenas noches con el tan añorado: “te quiero mucho”. Eso, después de unas semanas se había convertido en rutina, una muy hermosa si puedo decir, las vacaciones llegaron y era hora de separarnos por unos días. Sin embargo, seguíamos en contacto, aún tenía la carta que me había dado y la leía cada noche con la esperanza de recordar todo el tiempo que habíamos pasado juntos. Así pasaron los días hasta que llegó el momento de volver a vernos. Cuando lo vi, no podía creer que lo tenía otra vez de vuelta, lo abracé muy fuerte y le dije que lo quería mucho. Pasó el día de nuestro reencuentro y después, todo fue muy confuso. Lo único que recuerdo fue que la noche siguiente, miles de lágrimas corrían por mis mejillas y así transcurrieron los días, que se convirtieron en meses y después en un año. Ahora esperaba con nulas ansias el día en el que Cupido decidiera salir a hacer de las suyas, con la esperanza de que no se diera cuenta que yo no lo esperaba a él. Yo seguía sentada, esperando al tiempo, para que me ayudara a borrar el sentimiento de amor que había logrado derribar a mi corazón.

- Maricela Rosas Angulo




Donde quiera que estés

Se acerca el día de San Valentín. El amor está en el aire, o al menos eso parece. Pero mi pregunta es ¿qué es el amor?
Para resolver mi duda existencial c
onsulté a varios amigos para que me expliquen qué es ese sentimiento del que se habla tanto. Muchos fueron románticos, melosos y optimistas, pero también hubo personas que dijeron que el amor era algo donde no todos tenían suerte. Para mí, es algo muy difícil de definir y que no llego a comprender del todo. La razón puede deberse quizás a que estos días me recuerdan que todavía no he encontrado a ese alguien especial. No quiero apresurarme, sé que en algún lugar está. En mi búsqueda puedo llegar a conocer personas con las que compartiré mis sonrisas, caricias y besos, no necesariamente será el primero; quizá llegue a conocer a decenas de hombres y a ninguno llegue a amar realmente. Pero al final lo encontraré, donde quiera que esté, si es necesario viajaré a los confines de la tierra para descubrir esa persona. A veces me pregunto qué estará haciendo en estos momentos: ¿Estará leyendo un libro? ¿Estará jugando básquet? ¿Estará dormido? ¿Cómo será? ¿Cuándo lo encontraré? Se me pone china la piel y mi corazón se escucha en el silencio de mi habitación. Después de esto recuerdo que estoy cansada y me duermo casi al instante, soñando quizás con el amor de mi vida.

- Miriam Moya

Tú de nuevo…

Has llegado, como te fuiste has llegado. Aunque tu adiós aún me cala en el pecho. Aquí estas de nuevo y yo dispuesto a recibirte, quizá demasiado pronto, quizá soy demasiado incauto. Pero cómo negarte una bienvenida, cómo negarte a ti, al amor.
Me gusta senti
rte y creer que nunca te perderé, no de nuevo. Tal vez es porque no he crecido, madurado mejor dicho, pero quiero tenerte y nunca más perderte. Sé que quizá algún día te vayas y vuelva a doler, así que quiero que sepas que nunca dejaré de buscarte, pase lo que pase. Nunca dejaré de pelear por ti y defenderte de aquellos quienes perdieron la fe en ti. Y si algún día deseas tocar mi puerta, recuerda que siempre serás bienvenido.

- Alan Michel Romero Diez Martínez



El aire tiene un
leve olor a ti

Tiemblo, suspiro. El aire tiene un leve olor a ti. Me siento en las bancas a pensarte, a recordarte. En sueños, las cosas son concretas: te sonrojas al verme y yo soy tuya. Ciertamente, no creo que el dicho de “los sueños se hacen realidad” sea verdadero. Además -en los sueños- vivo mi realidad: ya soy tuya, aunque lo niegue. Te imagino con un chocolate y una rosa para mí, bajo un cielo soleado, con nubes tan blancas como las palomas. Ven, cierra tus ojos y hazlo verdad. Llena mi vida de ti.
Te encuentras en un la
berinto, sin escudo y sin espada. Prometo rescatarte del temible dragón escupe fuego. Todo es sencillo si él está de por medio: maldito amor. Me embriagó y me dejó en este estado de terrible resaca. Letras y más letras que hablan de ti, dando vueltas y vueltas. El ciclo sin fin. Camino, recorro calles sin un destino, buscando algo que me recuerde tu piel, tu olor, el sabor de tus labios y, es cuando recurro al café. Puedo sentirte en él.
Las horas no son eternas sin ti, no. Simplemente no pasa el tiempo. Divago en un estado de inmundicia total. Es sombrío mi cami
no. De pronto, atisbo tus ojos en un tumulto de gente. Tiemblo, suspiro. El aire tiene un leve olor a ti.

- Andrea Gámez.



“Todo más claro”

Suena el despertador como todas las mañanas. Bueno no, hoy suena diferente; como que hoy he decidido que ya no quiero estar enamorada. No porque sea cobarde y me dé miedo el luchar, porque aceptémoslo; el que ama debe ser un guerrero. Simplemente hoy he decidido que ya no quiero que sigas formando parte de mi historia, ya no quiero que tu nombre aparezca en las líneas de mi diario. Si quieres preguntar la razón, te diré que es bastante simple: me parece absurdo tratar de darle explicación a tu falta de cariño e interés hacia mí, aunque digas “te amo” de vez en cuando. Sé que te extrañaré, extrañaré hasta tu sombra que me acompañaba la mayor parte del tiempo, cuando tú no estabas. Me gustaría saber qué pasará mañana, saber cuándo será el día en que te volveré a ver. Reflexiono y llego a la conclusión de que es mejor seguir siendo una ilusa y pensar que por alguna razón la vida ha decidido que debemos dar vuelta a la página, uno sin el otro. Perdón si estabas esperando algo más de mi parte, pero lo único que te puedo dar hoy es un seco y profundo adiós.

- Anna Isabel Camacho



Esperando a Lorenz
o

Dicen que las estrellas cuentan historias. Desearía que las estrellas que veo me contaran historias. Pero déjenme, por ahora, contarles mi historia. Me gusta pasar tiempo en las blancas paredes de mi cuarto. La verdad, no me gusta mucho salir de él, bueno, no es que me dejen salir muy seguido de todas formas. Lo mejor es cuando me viene a visitar Lorenzo. Disfruto tanto cuando viene a pasar el tiempo conmigo, me cuanta historias, es amable, él si sabe como tratar a una mujer, es un verdadero caballero. Me siento sola cuando Lorenzo se va, pero sospecho que se va solamente para recoger flores al campo, para un día de estos, traerme un ramo inmenso de flores de todos colores. Él me tiene conquistada desde hace tiempo. No me sorprendería que cuando me traiga el ramo de flores, me pida que me case con él, Diría que sí de inmediato. A fin y acabo, la vestimenta blanca la llevo puesta todo el tiempo, la camisa es un poco incomoda, me molesta un poco de los hombros, pero de seguro sirve para la boda. Los vecinos se molestan mucho cuando viene Lorenzo a mi habitación, empiezan a gritar mucho, dicen que yo soy la escandalosa, que por eso ellos también gritan, pero todos ellos están locos. ¡Ah, cómo deseo que Lorenzo llegue!, lo extraño. Desearía que me dejaran salir pronto del manicomio para ayudar a Lorenzo a recoger flores en el campo.

- Luis Puente



Mademoiselle Juliette

Pero la duda salió en mi mente, y la indecisión hizo temblar el puñal en mis manos, Romeo era mi primer amor, el más sincero y profundo, pero no tenía que ser el último. Había otras opciones, estaba el conde Paris, el joven apuesto y correcto escogido por mis padres. Estaba segura que durante mucho tiempo el recuerdo de Romeo me perseguiría, y que mil noches lloraría, pero tengo catorce años, estoy en la primavera de mi existencia, los pedazos de este corazón pueden sanar, puedo aprender a querer otra vez, París me ayudará, París me ama.
Y Julieta soltó el puñal, miró una vez más a su amado, Él lo había dado todo por ella, lo que fue y lo que pudo haber sido. Ella salió caminando de su sepulcro, arrastrando los bordes de su vestido funerario, con los ojos vidriosos tras haber s
ido arrasados con la visión del cuerpo de Romeo, pero sin volver la vista atrás una sola vez. Y eventualmente, la paz volvió a Verona, los Montesco habían perdido a su heredero, un día se extinguirían, y al haber sido un suicidio, no había un culpable para la muerte de éste. Los Capuleto ya no tendrían rivales. Julieta vivió y olvidó, los años pasaron y Romeo desapareció, Julieta ya no pensaba en él. Y nunca hubo historia más triste que la de Julieta y su amado Romeo.

- Aranza Payán



Uno de cupidos

Visto pañales y estoy grande, que quede claro: ¡No me hago encima! Así me ordenaron que me vistiera, también me pidieron que siempre fuera feliz y romántico y que por alguna razón siempre tuviera un arco y flecha, desde chico me enseñaron a tener puntería, porque vengo de una amplia tradición familiar de arquería. Alejandro Cupido y Maximiliano Cupido son mis antepasados, el modelo a seguir, la puntería perfecta, el amor perfecto. Órdenes, tradiciones, reglas, no puedo hacer otra cosa que no sea tirar flechas a la gente para que se enamore. Mis padres no se sentaron conmigo a preguntarme qué quiero ser de grande; me dijeron qué sería. No hago exámenes de admisión, ni tareas, solo afino mi puntería. Al estar toda mi vida planeada, la importancia de mi existencia es qué tan efectivo sea con mis lanzamientos, una insignificante existencia. El día que más trabajo tengo es el 14 de febrero, llueven flechas de a montones, porque la gente las pide, la gente las espera, pero la gente no nos dice de quién se quieren enamorar, y muy en ello nos culpan de nuestra puntería. Somos arqueros, no adivinos. A veces concordamos, a veces nos equivocamos, la gente no entiende que el amor no llegará de una, las parejas que duran por siempre son las que no reciben ninguna flecha. Yo solo apunto y disparo el resto lo hace la gente. Pero explicarle eso a los enamorados, a los divorciados, a los globos y chocolates, a la perturbada mujer que dice que el amor no existe es un poco complicado.

- Arturo Torres



Catch me if you can










Amor, si me alcanzas, soy tuya.

Si no, sigue intentando. Quizá algún día lo logres.

Quizá algún día deje que lo hagas.

Mientras tanto, corre

que yo llevo la ventaja.

Amor, si me alcanzas, soy tuya

pero aguarda un momento, no te precipites

tómalo con calma,

que para amar tengo una vida,

y no quiero hacerlo todavía.

Si llegase a amar, lo haría perdidamente.

Echaría todo por la borda, pondría al mundo de cabeza.

Estoy segura que lo haría. Pero no, aún no.

Amor, si me alcanzas, soy tuya.

Mientras tanto, déjame reír, jugar, vivir, divertirme,

déjame ser ajena a ti,

que así como soy no tengo problema,

inocente, ingenua, ilusa,

y nada de corazones rotos,

como me gusta.

Amor, si me alcanzas, que sea una tarde

la manera en que lo hagas, la dejo a tu criterio,

pero no te emociones, no olvides que te llevo la ventaja.

Amor, si me alcanzas, ¿Qué sucedería?

Oh, no, mejor no lo imaginemos,

sorprendámonos el uno al otro.



- Maricruz Castañeda Lafarga




Lui y el 14 de Febrero

Vivir enamorado de una idea, nunca de una realidad. Esa es mi historia, viví enamorado de una linda chica que vivía frente a mi. Ella obviamente no sabia que existía, no tenía idea, pero algún día, espero yo, se dará cuenta de que vivo a solo tres metros de su hogar. Nunca le hablé, nunca me habló. Estaba conmigo en clase de historia y de arte. Yo jugaba con mi realidad. Imaginaba que ella sí me conocía, que ella me quería… ¿A quién quiero engañar? Soñaba que ella me amaba, y como todo ser humano, vivía en mis sueños, vivía por mis sueños, sin ellos no soy nada. Tenía planeado darle un regalo el día de san Valentín, la mayoría de mis amigos hacen eso, fantasean con la chica que les gusta todo el año y en san Valentín van y le dan a) una flor, b) chocolates, c) un peluche tamaño JUMBO abrazando un corazón que dice “I love you” o d) Todas las anteriores. Yo nunca, jamás haría algo así. Primero, porque no tengo dinero para eso, segundo, si me lo rechaza…. ¿Dónde se supone que esconda un peluche gigante?
Los días fueron pasando y todas las tardes i
ba pegando papelitos en la hoja con resistol, y esperaba que se secaran para el día siguiente seguir. No sabía cómo iba a terminar, solo sabía que estaba equivocado cuando le dije a mi hermana: “Tus revistas viejas no servirán de nada, tíralas ya, solamente hacen más cochinero”. Pero ella no me obedeció, tendría que recordarme escribirle un correo agradeciéndole eso. Recuerdo perfectamente que el 13 de Febrero, terminé mi obra de arte. Todo era perfecto, pero era la media noche así que fui a dormir. Esa noche soñé con Lui, su pelo negro y lacio, sus ojos jalados, su piel pálida. Su familia era de China, pero ella había nacido aquí y vivido frente a mi desde que tengo memoria. Aquella mañana del 14 de Febrero, me armé de valor y caminé hacia ella, estaba volteada de espaldas, toque su hombro y sentí la necesidad de huir así que tire el papel a sus pies y salí corriendo arrepentido de mi cobardía. Esa misma tarde alguien timbro en mi puerta, pero cuando abrí solamente había un papel en el suelo el mismo decía: “Gracias” Firmado por Lui. Yo le había dado un collage de pedazos de revista donde dibuje su cara con papel y resistol, sin firma, y aun así ella supo que había sido yo. Ahora ella sabía que existía.

- Constanza Duarte









Quédate conmigo.
Sí, es cierto,
jamás hice llover luz.
Soy deseo sin perdón.
Pero ahora voy a romper el pasado.
Quédate conmigo.

Voy a dormir la culpa
y a soñar poesía.



-Georgina González Mendívil

viernes, 3 de diciembre de 2010

Navidad

Cuatro ángeles, cuatro velas

Hay cuatro velas flotando en el cielo y cuatro ángeles debatiendo tristemente cada uno frente a su vela. Esos ángeles eran quienes cuidaban al mundo desde lo alto. Hacía frío y podía sentirse cómo el olor a canela inundaba el cielo. Paz, el primer ángel dijo: “No tiene caso que yo siga aquí, los humanos han olvidado lo que es convivir pacíficamente unos con otros. Sólo se la pasan peleando y agrediéndose entre ellos. Aparentemente, ya no me necesitan”. Apagó su vela y se fue volando por los aires. El ambiente comenzó a tornarse más frío.

Fe, el segundo ángel dijo: “La gente ya no intenta acercarse a nuestro creador, pues piensan que no lo necesitan y no hay nada que pueda hacer si quieren permanecer ignorantes”. Así que él también apagó su vela y se fue volando por los aires. Nubes negras invadieron el ya gélido cielo.

Amor, el tercer ángel dijo: “Lo siento, pero yo también he de irme. Confiaba en que alguien me encontraría, pero los egoístas humanos me han demostrado que sólo pueden preocuparse por ellos mismos. Ya me han lastimado suficiente”. Así que con un poco de duda, Amor se fue titubeante por los cielos. El frío se volvió más intenso y pequeñas manchas blancas comenzaron a llenar los cielos.

Por primera vez en esa ciudad, comenzó a nevar, a nevar como nunca se había visto en la tierra. Pero el último ángel con determinación usó todas sus fuerzas y comenzó a emplear lo que le quedaba de vida para aumentar la llama de su vela, para calentar a los humanos. Cuando estaba por dar sus últimos respiros, el ángel dijo “Paz, Fe, Amor… no pueden irse, sin importar como sean los humanos, no podemos dejarlos desvalidos”. Conmovidos por tal acto de grandeza, los demás ángeles volvieron dándole fuerza y dijeron “Lo sentimos Esperanza, nunca más volveremos a partir… nunca más. Mientras tú estés aquí, te seguiremos a donde quiera que vayas”. Al ver esto Dios, en su infinito poder, concedió a Esperanza el don de la eternidad. Pues mientras existan los humanos, la esperanza jamás podrá dejar de existir.


-Alan Michel Romero Diezmartínez


R
emembranza

Miro el segundero del reloj de mi sala girando, no sé si en espera de que llegue el tan ansiado día o añorando lo que fueron -alguna vez- mi casa y mi vida. Todo pasa lentamente por mi hueca y deteriorada mente. El sonido más estruendoso, ése que jamás he vuelto a escuchar.

Íbamos en el auto mientras la nieve nos cobijaba, creaba un ambiente –irónicamente- cálido y hogareño, pues se acercaba la Navidad. Todo era risas, un constante jadeo por parte del perro, los niños gritando y yo, mirando a aquella mujer que todo me dio: amor, cariño, palabras de aliento y, claro, esas dos hermosas criaturas que aún escucho susurrando por las noches. Sentí que algo pasaría pues, tanta perfección no podía perdurar. Tuve la necesidad, la urgencia de gritarles un “los amo” que retumbó en el automóvil. No sé si fue lo correcto. Lo que sé, es que lo hice justo en el momento indicado.

Pienso que las cosas pasan por algo. Tuvo que suceder en ese momento para reinventar mi vida, volver a ser como era antes de que –ella y ellos- llegaran a mi vida: un simple ser humano que no vive, sobrevive y cuenta los días en espera del momento en que llegue su muerte. Unas luces nos cegaron y no supe más allá. Cuando desperté, unos paramédicos me llevaban en una ambulancia al hospital más cercano al mismo tiempo que se lamentaban de lo que había sucedido y decían: “Pobre hombre, ya no tiene más familia y le pasó justo hoy, en la víspera de Navidad”.

Hoy me siento a ver la nieve cayendo como plumas heladas que se amontonan en el piso, que son tomadas por niños que las hacen pelotas con sus manos para jugar “guerras”. Miro el segundero del reloj de mi sala girando, no sé si en espera de que llegue el tan ansiado día de reunirme con ellos o añorando lo que fueron –alguna vez- mi casa y mi vida. Todo pasa lentamente por mi hueca y deteriorada mente.

- Andrea Lilian Gámez Salazar


EL MANZANO

El otoño había terminado demasiado rápido, y ahora los primeros copos del invierno caían sobre el jardín impidiéndole ver aquel manzano que tanto le gustaba. Aquel manzano que su padre había sembrado para ella con mucho esfuerzo. Pero ahora eso no importaba. Estaba contenta. Realmente contenta. Papa vendría. Después de tanto tiempo. Vendría. -Verás que en Navidad volveré contigo y estaremos juntos para abrir nuestros regalos- Eso había dicho. Y Lidia sabía que su padre jamás le mentiría.
Habían pasado tres años desde la última vez que Lidia vio a su padre. Tres inviernos. Tres navidades. Tres esperas eternas. Lidia vio como su madre con lágrimas en los ojos le había dicho que ya no esperara a su padre. Que había muerto en batalla. Que él no volvería y que debía aceptarlo. Pero Lidia no prestó atención. Ni siquiera se sobresaltó cuando su madre le dio aquella terrible noticia. Ella sabía que su padre volvería, que abrirían los regalos y que todo volvería a ser como antes. Ni su madre, ni el soldado que había traído la mala noticia podrían convencerla de lo contrario.

La nieve cubría cada vez más el manzano y Lidia comenzaba a impacientarse. Si su padre no se apresuraba, no alcanzaría a comer el pavo que su madre preparaba para la noche buena con una sonrisa fingida, dándole ánimos a Lidia aunque ella sabía que su esposo no volvería. Sería imposible que volviera. Aun así durante estos tres años la madre de Lidia había servido tres platos en la mesa con la esperanza de que el tercer lugar se ocupara.

Lidia seguía esperando. Día y noche observaba cómo el manzano se cubría de nieve, recordándole que la Navidad se acercaría y con ello su felicidad o de nuevo la decepción. Pero Lidia no perdía los ánimos. -Papá vendrá. Él nunca me ha mentido.- Se repetía una y otra vez conforme la nieve caía.

Había llegado Noche Buena y ahora Lidia no podía observar ni un solo rastro del manzano, parecía que el manzano contaba ahora con un abrigo blanco.
Lidia se sentó a la mesa y observó la mirada llorosa de su madre. –No te preocupes mamá, papá no tarda.- Le dijo sonriendo a su madre, aunque Lidia comenzaba tener un sentimiento de tristeza que no podía evitar, pero al menos ocultaba tras su sonrisa.
Pasaron un largo tiempo esperando en la ventana hasta que la madre de Lidia decidió irse a dormir, era inútil esperar y también fui inútil convencer a Lidia de irse a dormir. Lidia no se detuvo. Siguió ahí. Esperando un milagro hasta que su cuerpo no pudo más y se quedó dormida.

La despertó una voz familiar. Su corazón latía demasiado rápido sin que supiera porque y cuando miro por la ventana, ya no había nieve. El manzano había vuelto y su padre también. Finalmente sus ruegos habían sido escuchados.

- Bree Guerra


El Falso Santa


El bigote pica un poco, con la barba no tengo problema, pero ya no aguanto el bigote. Bueno, el bigote y la barba blanca en conjunto con el clásico gorro rojo deberían ser suficientes para el trabajo.. ¿no? No. Le hace falta algo, un toque personal, algo mío, espera… ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Mis lentes oscuros de aviador! Eso debería bastar para que no me reconozca nadie. Estoy un poco nervioso, nunca había hecho esto, pero ya lo he razonado por mucho tiempo, y todo apunta a que es una buena idea. ¿Alguna vez se han puesto a pensar que la época navideña no solamente es la época más feliz del año, sino que también es en la que casi toda tienda esta vacía, y por ende, llena de dinero?. Llevo pensándolo un tiempo, me tomó el año entero prepararlo todo, bueno, más bien decidirme, que asaltar un supermercado medio vestido de Santa Claus, se tiene que planear con anticipación. Ya estalló uno de los carros en el estacionamiento. Eso me indica que ya es hora. El auto en llamas, y los que estaban por estallar, deben mantener ocupados a los guardias un rato, o hasta que lleguen los bomberos, tiempo suficiente para entrar y salir. Repaso el plan en mi mente mientras monto el cartucho de la pistola. Bajo de la van decidido, y entro al supermercado y disparo al aire, pienso para mi mismo: “Sí que será una feliz navidad”.


- Luis Alfonso Puente


¿Qué pasara con nosotros esta Navidad?


Estaba a punto de comenzar el mes de Diciembre, y me encontraba en la cocina lavando platos de color rojo y verde con un pino decorado pintado en el centro. Todo lo que ha pasado este año, quizás no hubiera valido la pena, si no fuera por las pocas cosas buenas. Esta Navidad, no espero que sea como ninguna otra. No tengo idea de dónde vamos a festejarla o con quien, pero en fin, todavía falta un poco de tiempo para eso. La casa se encuentra tan sola sin él aquí, que ya no se siente como un hogar. Pero, en vez de concentrarme en todo eso, intenté recordar una Navidad… una buena, para olvidarme de los problemas: me encontré sentada en el salón de clases, días antes de salir de vacaciones, en el segundo salón a la derecha del primer pasillo. Le pertenecía al grupo de 2do B de primaria. Una niña del salón alardeaba cómo ella sabía que Santa Claus no existía, que sus padres eran quienes le entregaban los regalos cada año. Obviamente no creí que fuera cierto, pero algo en mi lo dudaba. Así que, como con todo otro cuestionamiento, fui hasta mi mamá y se lo pregunté muy seriamente. Ella contestó que como aquella niña se portaba tan mal, que Santa Claus ni si quiera le traería carbón, sus padres tendrían que darle un regalo aquel día. Algo no cuadraba, yo conocía a mucho niños más que se portaban mal, y ninguno de sus padres le compraba juguetes. Así que ese año, decidí ponerle un reto a aquel señor vestido de rojo y con una barba tan blanca como la nieve. Pedí algo que ninguno de mis padres estaría dispuesto a comprar: lo único escrito en mi carta, era que quería un perro. Puse el papel en el árbol de Navidad y cuando un día desapareció, estuve satisfecha. Ese año lo pasamos con mi abuela, la madre de mi papá. Volvimos tan tarde que no recuerdo haber llegado. Por la mañana corrí hasta el árbol y mis ojos no pudieron creer lo que estaban viendo. Mientras mi mamá (quien odiaba a los perros) estaba dormida junto con mi papá, (a quien le rogué el año entero por uno), yo estaba parada, inmóvil, y con los ojos como platos, frente aquel árbol de navidad. Debajo de él se encontraba una pequeña casita de tela y dentro estaba el mejor regalo de Navidad, obviamente Santa Claus, existía. Cuando me enteré que todo era “una ilusión”, como lo llamaba mi papá, no me decepcioné, más bien, me sentí orgullosa de mis padres, quienes me habían hecho creer algo que los papás de aquella niña no habían podido. Así como esa Navidad volví a creer en un personaje que en la vida real no existía, en estos momentos necesitaba una persona que me hiciera creer, que algunas cosas, como el amor y la familia, sí son para siempre. Tal vez algún día la encontraré. Mientras tanto, sólo queda esperar a que alguien conteste la pregunta que últimamente da vueltas en mi cabeza… ¿Qué pasara con nosotros, todos, esta Navidad?

- Constanza Duarte


Randolfo

Había una vez, un pequeño oso llamado Randolfo. Él vivía en un bosque al norte de una villa cálida construida al pie de una montaña. Randolfo era un poco especial y lo sabía. Era blanco como la nieve, que cubría delicadamente las ramas de los pinos en invierno, a diferencia de sus hermanos y padres que eran negros como la noche. Durante todo el año, sus hermanos le ganaba a jugar a las escondidas, porque era un blanco fácil entre los arboles del bosque. Randolfo siempre deseó saber por qué de las diferencias entre el pelo de él y sus seres amados. En repetidas ocasiones trató de cambiar su color nadando en fosas de lodo, pero las mismas lluvias que hacían aparecer el lodo en el piso eran las que lo lavaban y lo dejaba incluso más brillante que antes. Una noche, cuando el frío del invierno empezaba a recrudecer, escuchó unas melodías fantásticas que provenían del pueblo. Sin hacer mucho ruido decidió caminar hacia el pueblo, anduvo unas pocas millas antes de encontrar la fuente de esas maravillosas melodías. Detrás de unos arbustos, Randolfo observó a un grupo de humanos que iban cantando de puerta en puerta esa música que le parecía celestial. Caminó un poco más y llegó a un lugar que antes no solía estar ahí. Era un sitio improvisado con una carpa colorida. Los humanos de ahí también festejaban alrededor de un pino que habían decorado con luces de mil colores. De repente vio algo totalmente increíble, en una jaula estaba una familia de osos blancos que tenía un cachorro negro. Se acercó pensando mil cosas, ¿podrían ser ellos sus verdaderos padres? ¿Aquel pequeño cachorro negro sería el verdadero Randolfo?, cuando estaba en las proximidades de la jaula de aquella familia decidió regresar con aquellos osos a quienes amaba y siempre había llamado su familia. En el fondo sabía que las respuestas a todas sus dudas podrían estar en aquella jaula, pero también sabía que las respuestas solo le traerían dolor. Desde aquel día dejó de quejarse de su color. A final de cuentas, en invierno, no había quien lo encontrara tirado en medio de la nieve.

- Jorge Luis Ramos Aviles


“Navidad. Te siento.”


Sentada contemplando la felicidad y los colores en las calles quiero contar mi historia de navidad. Sé que muchas historias han sido contadas ya, pero creo que es necesario que yo cuente la mía.

Recuerdo cuando creía en lo que me contaban mis padres, cuando la magia era parte de mi vida, las sorpresas abundantes y las sonrisas líquidas. Después comenzaron a suceder cosas extrañas, cambios en mi familia y en mí misma. Mis primos, ya no eran aquellos pequeños niños que jugaban a los carritos y a las muñecas. Mi abuela fallece. Mi prima de diecisiete se casa. Mi tía intenta quedar embarazada por diez años y cuando lo logra su marido contrae cáncer y en poco tiempo fallece.

Ahora llegas tú navidad y nos exiges dar amor, regalar, compartir, adornar nuestras casas y sonreír. Esto es inexplicable, es como ir a una iglesia y ver que todas las personas tienen fe pero tú no, o como cuando alguien cuenta un chiste y todos mueren de risa pero tú no puedes ni fingir media sonrisa.

Pero yo sigo aquí sentada, contemplo a esos niños jugando, veo cómo las personas compran desesperadamente regalos y trato de adivinar para quiénes son. Camino a casa a pesar del frío y pienso que todos tenemos nuestros problemas, que el mundo está hecho para que nos equivoquemos… que para eso existen los días, para pensar que mañana podremos mejorar lo que hicimos mal el día de hoy. Qué bueno que pasan cosas importantes en mi vida, así puedo escribir con más inspiración, puedo describir sabores dulces y amargos. Navidad, te siento en todos los sentidos. Sé que estás aquí no sólo por el frío y, a pesar de ya no ser aquella niña que soñaba con sus regalos debajo del árbol, sigo sonriendo. Sigo pensando que alegras la vida hasta del más miserable, y que quiero que la gente sepa que ningún problema es tan grande como para acabar con lo que uno es.

- Anna Isabel Camacho Castro.


Una noche en noche buena

Era una noche fría, de un invierno sin igual,
tenía roja la carita, era helado el respirar.
No era un día como todos y eso ella lo sabía
Pero a pesar de los problemas, su esperanza crecía.

Toda la noche había viajado, por la inmensa ciudad.
Y a pesar de ser noche buena, no encontraba nada de caridad
¿Por qué siempre pasa eso? Pensaba ella.
Si Dios lo dio todo, por qué nadie se compadecía.

A pesar de todo, aún tenía su esperanza,
y unos hermanitos esperándola en casa.
El reloj dio las once, con un cuarto de más…
Ella pensó, que era tiempo de regresar.

Sabía que al regresar con nada, habría caritas de tristeza,
pero si no llegaba a las doce, la decepción sería inmensa.
La recibieron en su casa, llena de sonrisas.
Y a pesar de no tener nada, acogieron la navidad con alegría

Mientras unos tiraban dulces, ella de hambre moría.
Y se ocultaba, en su corazón, una gotita de tristeza.
Ese día no comió nada, ni tampoco su familia.
Pero, de que otra navidad vendría, seguían con la esperanza

- Lourdes Patricia Ramos Corrales

viernes, 29 de octubre de 2010

El Miedo

"Anonimo"

Cuando eres niño, toda tu infancia imaginas qué serás de grande.
Eso miedo me da pensarlo ahora,
Pensar que todas las cosas importantes que imaginé nunca se hagan
realidad,
que los sueños en los que confiaba plenamente no sean posibles,
que llegue el día en que me arrepienta de mis d
ecisiones,
que me mire en el espejo y no vea ningún rastro de la de antaño...
Peor
aún, que no me reconozca.
Vagar por la vida siendo nadie, encontrándome con nadie, buscando
a nadie,
no llegar a ser el mundo para alguien,
no llegar a ser la niña de los ojos de alguien,
que sólo sienta las mariposas en el estómago por alguien en mi imaginación, y al final de cuentas ese “alguien” es nadie.
Eso me da miedo.
Vivir en el anonimato,
mirando a los ojos a los extraños intentando ver mi reflejo en ellos,
para ver a través de otra persona cómo me miran los demás,
porque cuando la oscuridad venga por mí y me lleve a lo profundo,
me da miedo pensar que mi alma vino al mundo en vano, que no dejé marca:
como el anónimo que escribe poemas,
como el tímido que manda cartas de amor,
como el desconocido que hace un buen gesto,
como el extraño que murió por lo correcto,
como el anónimo que aparece en los libros de historia detrás del héroe.
Eso me da miedo.

Aranzazú Payán López


Nunca me voy a alejar de ti
Tu mirada sigue siendo la misma, fría y profunda, tan profunda que parece que me observas fijo a los ojos. Pero ya no importa, para alguien como yo, eso ya no importa. Es como sentir y no sentir.
Siempre fuiste una persona seca. Parecía que nada te gustaba, observabas a los demás con esos ojos vagos, como mirando sin mirar. Creías que eran poquita cosa, sólo eran otros, otros cuyas patéticas vidas no turbaban tus pensamientos. Hasta que llegué yo. Y por primera vez en tu vida observaste fijamente a alguien, alguien te hizo sentir curiosidad: yo.
Llegué al orfanato después de la pérdida de mis padres. Estaba devastada, pero no podía demostrarlo. Debía seguir adelante pasara lo que pasara. Y sonreír. Tú, en cambio, no conociste a tus padres, nadie te mostró amor alguno en ningún momento y por eso, el mundo no te importaba.
No lo entendías, no entendías el porqué de mi sonrisa, de mis ojos azules como el mar y de mi cabello brillante como el sol. Porque así fui, hermosa, feliz y optimista. Yo representaba las cosas que odiabas, mi presencia te repugnaba y hacia erizar hasta el último vello de tu cuerpo. No sabías por qué, pero tenías miedo, por primera vez en tu vida, tenías miedo.
Tal vez esto fue mi culpa, porque aunque al principio me asustabas. Quise saber de ti, hasta cierto punto me importabas, y no sabías cómo reaccionar ante los sentimientos que se encontraban en tu ser, en una lucha constante, el odio y el amor. Sí, también amor. Porque yo fui la única que alguna vez te amó, que te dio el cariño filial que nadie te había dado. Pero fue el odio el que venció, no sólo tu odio hacia mí sino todo ese odio que, con los años, habías llevado contigo. Pero, ¿Era realmente necesario hacer lo que hiciste? ¿De esa forma?
Te veo desde las sombras, estás ahí viendo hacia al horizonte, ¿o viéndome a mí? No lo sé, estás esperando el tren y la lluvia corre por tus mejillas, y no sabes si es lluvia o es llanto. Pero no puede ser llanto, no, tú no lloras. Tú no sientes, tú no eres como los demás. Tú no necesitabas de nadie, y por eso querías deshacerte de mí. Querías estar sola, querías que me alejara, querías dejar de sentir esa explosión de sentimientos en tu ser, sentimientos que no comprendías pero que sentías con una fuerza tan grande que necesitabas sacarlos. La única manera, era aniquilándome, tenías que hacerlo, no importaba cómo.
Y lo hiciste. Esperaste a que yo durmiera. Entraste a mi cuarto. Me viste reposar tiernamente en mi cama y escuchaste mi respiración como una suave melodía en tu oído. Y me odiaste más. Y no pudiste soportar verme, tan dulce, tan pequeña y frágil. Y lo hiciste. Me mataste. Tus manos temblaban pero no se detuvieron, desperté por el dolor de la navaja insertada en mi piel. Me oíste gritarte que pararas, que era tu amiga, que no lo hicieras. Pero no paraste. Seguías clavándome el cuerpo sin inmutarte y poco a poco me fui consumiendo. Ni siquiera te detuviste a observar lo que me habías hecho. Yo no volvería a molestarte.
Sigues esperando el tren, y me acerco hacia a ti. Tus ojos me notan y tu cuerpo se paraliza, vuelves a tener esa sensación de antaño, ¿Miedo? No, tú no tienes miedo. Tratas de convencerte de eso pero tus latidos aumentan sin que puedas hacer nada. Te sonrío, me siento a tu lado y susurro tu nombre. No te preocupes, he vuelto y nunca me voy a alejar de ti.

Bree Guerra


Cáncer
La casa empezó a oler a sabanas sucias y polvo después de las primeras semanas. El olor no me molestaba, pero tampoco me agradaba. Miles de días me despertaba y me decía a mí mismo: “Hoy las lavaré, hoy las lavaré para que ella no tenga que lavarlas”. Pero nunca lo hacía. Siempre tenía algo qué hacer: ir por algún medicamento, hacer una cita con el doctor o simplemente atenderla a ella. Sobraba gente que me dijera que contratara a una enfermera para que me ayudara, para que tuviera una vida para mí mismo. Yo siempre les decía: “Con todo respeto, ya tengo una vida. Ella es mi vida”. Yo la amaba, ella era mi mundo. Sus deseos eran mis órdenes. Yo sabía que no era un experto en atender personas, y menos a alguien en su condición. Pero hacía lo mejor que podía, aunque no fuera mucho. Y muy dentro de mí sabía que estaba haciendo lo correcto. Recuerdo cuando me lo dijo. Me lo dijo como si fuera la cosa más linda de todo el mundo, aunque yo sabía que era lo peor: “Querido, me estoy muriendo”. Esas cuatro palabras fueron suficientes para destruir mi mundo y las odié por eso. Estábamos completamente bien hasta que llegaron esas cuatro palabras, pero con el tiempo empecé a entenderlas. Ésa era su naturaleza, como la naturaleza que destruía el cuerpo de ella. Los doctores decían que había esperanza, que todo dependía de su cuerpo y de la cirugía. Nos recomendaron el tratamiento común: unos meses de quimioterapia y luego cirugía. Aceptamos sin preguntar nada. Llegábamos siempre a las ocho en punto. Nunca perdimos una cita. Todo iba bien y eventualmente se programó la cirugía. Fue a las siete de la mañana del siete de julio. Todo estaba listo y yo estaba tan asustado. Temblaba, sudaba a litros y había perdido la cuenta de las veces que había vomitado. Pero como siempre, ella encontraba las palabras para calmarme. “No te preocupes querido, todo saldrá bien”. “Está bien” —le dije— “te veré en unas cuantas horas”. Nunca la volví a ver. Mi padre eventualmente se enteró de lo que había pasado y fue al hospital.
Cuando por fin me encontró, me dijo “hijo, ¿estás bien?”. Lo miré y le respondí “Papá, acabo de perder a la persona más importante en mi vida, acabo de perder a mi madre, ¿tú crees que estoy bien?”
“No” —me respondió— “no creo que estés bien”
“Buena respuesta”.

Gerardo Salomón Abitia




Miedo
Tengo miedo, los gritos de dolor y pánico se escuchan por todas partes, no estoy seguro en donde estoy, y no sé a dónde voy. Dejé de pensar hace rato, desde hace cuatro horas que solamente sigo mis instintos, hace cuatro horas que la ciudad entera entró en pánico.
Estaba en casa de un amigo, llevaba ahí todo el día. Ya era cerca de media noche cuando escuchamos la primera explosión. Todavía no salíamos del departamento, cuando el estallido de la segunda explosión nos ensordeció. No sé si hubiese sido más grande que la primera, pero definitivamente fue más cerca. El edificio de al lado estaba en llamas y, unas cuadras más delante, entre la nube de escombros, la gente corría, empujándose los unos a los otros. La gente caía y nadie los levantaba. Algo estaba pasando, y no sabía qué era. Dejamos de pensar, empezamos a correr. Se escuchaban explosiones por todos lados, mi aliento se acaba y me tiemblan las piernas. Pero no me detengo. Hasta que un estruendoso destello cálido me tumba, hay sangre sobre mí, no estoy seguro si son heridas que aún no siento. Me vence el cansancio y ya no me puedo levantar.
Abro los ojos, mis ojos nublados alcanzan a distinguir que en mi reloj, que de alguna manera sigue funcionando, ya son las tres y media. Y yo soy la única persona que sigue viva. Intento levantarme para buscar refugio, cuando un dolor agudo me retuerce, mis piernas sangran y levantarme se siente imposible. Una lágrima recorre mi cara. Tengo miedo. Los gritos de dolor y pánico se escuchan por todas partes.

Luis Alfonso



Reflexiones del ayer
Me gustaría poder decir "yo lo sé todo", pero en realidad estaría mintiendo si lo dijera. Me gustaría poder describir todas las hazañas que realicé como el héroe que llegué a ser, pero no puedo. No puedo decir que sobreviví los horrores que plagaron lo que alguna vez llegó a ser una de las ciudades más poderosas del mundo, porque en realidad me es imposible.
En verdad, sólo puedo decir que soy uno de los cientos que se escondieron bajo la mesa. El miedo puede hacerle eso a una persona. Sé que ellos siguen en algún lugar, tal vez intentando dejar algo de su historia igual que yo lo estoy haciendo. Tal vez sólo planean esconderse, avergonzados por el miedo. Yo no lo estoy... no en realidad.
El miedo fue la razón de todo este lío. Fue el miedo a la ruina lo que llevó a las personas de la ciudad a buscar ayuda en algo que no podían empezar a entender, fue el miedo a lo que podría pasar lo que los hizo intentar detenerlo. Por eso, yo no entiendo de qué manera debería avergonzarme por tener miedo a pelear contra ello. Sabía de qué forma terminaría. Sabía que no había forma de evitarlo. Protegerse uno mismo es una necesidad humana, así que en realidad no hice nada malo.
Desearía poder decir que lo sé todo. Desearía poder contar todo lo que pasó en aquellos días en los que el único hogar que conocí se convirtió en una pila de escombro. Me gustaría poder escribir algo que hiciera que la memoria de todas esas personas no sea olvidada. En verdad me es imposible, y aunque eso es algo que podría avergonzarme, no lo hace. Meses de miedo interminable le hacen eso a una persona.

Elisa.


-Sin Nombre-
Estás aquí preguntándote si lo que has hecho es suficiente, si las lágrimas que has derramado no sólo han sido en vano y una sonrisa vale más de lo que parece. Tú bien sabes que no conoces tu camino y eso te atemoriza.
Hace tiempo el atardecer era más bello y las noches más estrelladas pero no te importa eso, no te molestas en verlo.
Tu vida es rutinaria, podrías conocer tu futuro porque sabes que lo hiciste ayer. Sin embargo tratas de cambiar y las cosas no resultan como esperabas, prefieres volver a lo que sabías, ¿temes perder tu patrón?
Para ti hoy el mundo ha perdido su gracia, el encanto que lo llenaba cuando eras niño. Pierdes tu tiempo en prisas y paredes que temes derrumbar por pura comodidad.
Todos te dicen que tienes que hacer lo correcto y tratan de moldearte, quieren que seas igual a ellos: tan gris y aburrido. Tú lo permites sin darte cuenta pero has pensado que, tal vez, quien eres no eres verdaderamente tú.
Ni siquiera amar cambia las cosas, el beso en la mejilla ha perdido toda la magia y sabes que pocas veces la miras, no quieres perderla ni tenerla ¿Por qué no dejarla ir? Tan mal está extrañarla, de esa forma puede que vuelvas a pensar en ella.
Hay tantas dudas en tu cabeza, preguntas sin respuesta, ideas que ansías realizar pero las dejas. Crees que lo que crees es incorrecto y a veces hasta un poco alocado. ¿Qué ironía no? Lo que no sabes es que si tú no conviertes tus sueños en realidad nadie lo hará y se irán, desaparecerán como tu nombre que se borra de la historia porque nunca te atreviste a mostrar lo que tenías.
Temes al día en que envejezcas y te arrepientas de todo lo que hiciste, de las decisiones que tomaste y llores, llores porque el tiempo se te fue y no lograste hacer nada con él y en fin llegues a ser otra persona que poco a poco se perdió en la obscuridad.
Pero aún así tienes que creer en ti, en que tú puedes. Puedes demostrar quién eres por eso tienes que dejar de tener miedo y salir, salir de tu mente y mostrarles a todos lo que puedes hacer, gritar tus sueños más disparatados y las experiencias que te dejaron marcado. Hoy todo será diferente porque caminarás por tu vida sin temer a caerte.

Paola Valeria



Piso 13
Después de algunos meses de buscar un hogar temporal, encontré el departamento, pero no sabía lo que me esperaba.
Me observaba con sus ojos azules, de un azul que ni un cielo de tormenta tiene. Sonrió. No entendí porqué. Siempre me veía con ese deseo, el deseo de tenerme junto a él. Pero nunca por amor. El cuarto estaba totalmente oscuro, el frío recorría mi piel. Ellos me habían advertido, me dijeron que ese no era lugar para mí. Nunca fui supersticiosa, pero ahora, me arrepiento de no haberles creído. Desde que llegué, me dijeron que me alejara de este piso. Comenzaron a llenar la habitación, un escalofrío recorrió mi cuerpo entero. Sentí un roce en mi mano y salté. Volteé y lo vi tan cerca. Tan cerca que si respirara sentiría su aliento en mí. Me sentí sofocada con todo ese frío. Sentí un calambre en las piernas, que poco a poco inundó mi cuerpo hasta que me consumió. ¡Caí al suelo! Sentí el dolor invadirme mientras mi alma se desprendía de mi cuerpo, de lo que había sido parte siempre. Y sabía mi deber, debía quedarme ahí a advertirles, a decirles que el piso 13 estaba fuera de la lista, a menos, claro, que quisieran un hogar para una eternidad.

Constanza Duarte